EL PERDÓN QUE TRANSFORMÓ MI CELDA

Lo que comenzó como una pelea terminó en tragedia, e ingresé en prisión cargando con algo más que una condena, la culpa. Al llegar la noche en mi celda, revivía aquel momento en mi mente, deseando poder deshacerlo, creía que mi vida había terminado, no solo físicamente en la cárcel, sino también espiritualmente.

Aunque estaba rodeado de otros hombres, el peso de la culpa me mantenía aislado, convencido de que no había vuelta atrás. Cuando me uní al grupo de voluntarios que vinieron a hablarme de Jesús, no esperaba gran cosa. Semana tras semana, nos reuníamos, con otros compañeros, para escuchar el Evangelio. Al principio, era simplemente otra actividad para pasar el tiempo. Pero, a medida que pasaban los días, algo empezó a cambiar. Había oído hablar de cómo Jesús perdonaba a los pecadores, comía con los marginados y mostraba misericordia a quienes no la merecían. Entonces, una historia me llegó al corazón como ninguna otra lo había hecho, la del criminal en la cruz que pidió a Jesús que se acordara de él. Jesús no lo rechazó; le prometió el paraíso. Ese momento me impactó profundamente. Si aquel hombre pudo ser perdonado al final de sus días, tal vez también había esperanza para mí. En medio de mi culpa, ese mensaje que yo ya no creía dirigido para mí me hizo llorar, «Padre, perdónalos»», me di cuenta de que eso me incluía a mí». Hoy, intento colaborar para que otros compañeros descubran esa misma esperanza a través del Evangelio, que transformó mi vida. La cárcel sigue siendo mi realidad, pero por dentro, soy libre.

Esa libertad comenzó gracias a las personas que me ayudaron a conocer la Palabra de Dios.

Daniel