
Cuando miramos esta imagen del Papa Francisco lavando los pies a los presos somos conscientes de que es profundamente simbólica. Evoca el gesto de Jesús en la Última Cena, cuando lavó los pies de sus discípulos como un acto de humildad y servicio. Francisco, al inclinarse ante los presos, rompía barreras y prejuicios mostrando, primero a ellos y después al mundo, que la dignidad de cada persona está por encima de cualquier condena.
Si hay un mensaje claro que el Papa Francisco nos ha dejado es que nadie está excluido del amor y la misericordia de Dios, sin importar su pasado o sus errores, insistiendo hasta el final en que la Iglesia debe estar cerca de los más vulnerables, de los descartados,de quienes habitan en esa periferia de la periferia que es la prisión.
Pero aquella es también una imagen de esperanza: el lavado de pies no es solo una tradición, sino un recordatorio de que la redención y el cambio son posibles; de que, como Simón Pedro, podemos cambiar y dejarnos lavar por Cristo, y de que la sociedad tiene que esforzarse por la acogida, la reconciliación y las segundas oportunidades.
Gracias, Papa Francisco, por tu pontificado de misericordia y esperanza en el que nos has mostrado que el delito y la equivocación no tienen la última palabra; gracias por enseñarnos a mirar a quienes acompañamos con el amor y ternura con que Jesús miraba a los más pequeños y apartados de su tiempo.

